No es nada fácil deshacerse del san benito de maltratador. Una cosa ayuda: no serlo.

Hace unas semanas, cuando nuestra Juana Rivas tuvo que acudir a los tribunales para ser procesada por el delito de secuestro, en la opinión pública se reabría el debate. Fue en esas fechas que esta página web tomó su forma actual. Hoy en día sabemos que no existe página web sin apoyo en las redes sociales: Facebook, Twitter, etc. o viceversa. Fue en las redes, donde el dinamismo es mayor, donde tanto por nuestra parte como por la de muchas y muchos seguidores la presión se intensificó para tratar de influir en el juzgado — permitanme la digresión: vanos e ilusos los intentos si no tenemos mano en la judicatura como sí tienen los grupos políticos que nombran a los jueces y, sobre todo, a las instituciones que gobiernan a los jueces —; obviamente también ocurrió lo contrario, voces que se levantaban no tanto a favor de una absolución que tenía base tanto jurídica como racional, como visceralmente en contra de Juana Rivas, de ella, de la madre de Maracena en concreto. Más abundando en el dato habría de aclarar que se trataba de un grupo de personas residentes en la misma localidad, varios hombres, de entre ellos uno en particular de quien no recuerdo el nombre y alguna que otra señora entre quienes tal vez existiera algún parentesco o amistad ya que la afinidad era evidente y notoria. Supuse que se trataba de la respuesta de algún hombre acusado injustamente de maltratador y que ahora vertía toda clase de improperios, que no argumentos, y continuas comparativas hipotéticas sobre qué hubiera pasado de no haberse tratado de una mujer sino de un hombre, si es que el padre corso no tenía los mismos derechos, etc.… Al tiempo nos acusaban a nosotros, el grupo de hombres de Granada de actuar del modo en que lo hacíamos por estar subvencionados, comprados, etc.

Diré que en un barrio sevillano de estos que no distinguen de ciudad he pasado lo mejor y peor de mi vida. Que fue en este barrio que se extendió entre gente joven, a través de redes sociales, la acusación de que yo había maltratado a mi pareja, una acusación que venía de ultramar y que si no se detenía a tiempo podía hacer un daño irreversible. Y sin embargo ocurrió que brevemente el run run cesó. Se trataba del testimonio de los propios vecinos y vecinas en favor de una trayectoria de años de convivencia, con mi primera esposa e hijos y con esta segunda compañera… No hube de defenderme, me defendió mi coherencia y la honradez de aquella gente vecina semi desconocida.

Hoy leo con estupor el conocimiento previo que jueces y juezas han tenido sobre el peligro real que suponían los asesinos para las mujeres a las que han ejecutado en estos días en Castellón y Maracena — una desgraciada vez más — cómo toda la presión trasladada a las mujeres objeto de maltrato y grave advertencia de muerte para ellas y sus hijos para que ellas denuncien, cómo al tratarse las noticias en los medios de comunicación se discriminan los casos denunciados como los que no, tal vez subrayando la falta de oportunidad en estos últimos de ser prevenidos por la judicatura y los cuerpos de seguridad…

¿Cuánto hay en las mentes de sus señorías, aún, de “se lo habrá merecido”? No tengamos temor a preguntárnoslo. Estamos hechos de la misma pasta, nos diferencia la formación, pero ¿en cuántas ocasiones evidenciamos que la formación no ha conmovido un ápice al instinto o el carácter o es ella misma el vehículo de patriarcado más que suficiente como para anular cualquier capacidad subyacente a nuestra estirpe sapiens?

No me cabe duda que la formación mejoraría la situación jurídica y de seguridad de las mujeres, pero ¿saben qué? Una buena criba de juezas y jueces no estaría nada mal. Estaría bien que fueran sus compañeras y compañeros, todos, los que los defiendan o los acusen de lo que a todas luces parece mala praxis. Será que no aprendo.

 

Manuel Bermúdez Trujillo.

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