«La verdad es que nunca he dejado de asombrarme ante lo que podría llamarse la paradoja de la doxa: el hecho de que la realidad del orden del mundo, con sus sentidos únicos y sus direcciones prohibidas, en el sentido literal o metafórico, sus obligaciones y sus sanciones, sea grosso modo respetado, que no existan más transgresiones o subversiones, delitos y «locuras» (basta con pensar en el extraordinario acuerdo de millares de disposiciones que suponen cinco minutos de circulación en coche por la plaza de la Bastille o de la Concorde); o, más sorprendente todavía, que el orden establecido, con sus relaciones de dominación, sus derechos y sus atropellos, sus privilegios y sus injusticias, se perpetúe, en definitiva, con tanta facilidad, dejando a un lado algunos incidentes históricos, y las condiciones de existencia más intolerables puedan aparecer tan a menudo como aceptables por no decir naturales. Y siempre he visto en la dominación masculina, y en la manera como se ha impuesto y soportado, el mejor ejemplo de aquella sumisión paradójica, consecuencia de lo que llamo la violencia simbólica, violencia amortiguada, insensible, e invisible para sus propias víctimas, que se ejerce esencialmente a través de los caminos puramente simbólicos de la comunicación y del conocimiento, o más exactamente, del desconocimiento, del reconocimiento o, en último término, del sentimiento.»

Con este maravilloso párrafo da comienzo Pierre Bourdieu a su mitiquérrimo libro, la dominación masculina. Este autor dedicado principalmente, aunque no exclusivamente, al análisis de los problemas de la educación y de la cultura, ve necesario la redacción de un libro que analice y denuncie el tipo de estructuras que eternizan la configuración de unas relaciones asimétricas de poder entre los géneros basadas en el sexo y de las cuales son responsables tanto hombres como mujeres.

Para Bourdieu una de las piedras angulares del problema es preguntarse por los mecanismos y principios históricos responsables de la «deshistorización» y de la «eternalización relativas de las estructuras de la división sexual» y plantea un primer trabajo de objetivación del sujeto objetivante para que los juicios, valores y la moral del/la analista no influyan, o por lo menos no tanto, en el resultado final. Él argumenta que en tanto que somos hombres y mujeres inscrit@s en estas estructuras de dominación masculinas, corremos el riesgo de analizar la realidad desde ese mismo pensamiento de dominación. Para ello, dice Bourdieu que es necesario desmembrar las categorías de entendimiento con las que percibimos y construimos nuestro mundo analizando lo que él llama el inconsciente androcéntrico, y que vendría a ser de forma resumida, todo aquello que habita de manera inconsciente en las personas y que proviene de un estadío muy antiguo y arcaico de nuestras sociedades. Por lo tanto, inconsciente histórico, es decir, no unido a una naturaleza biológica y natural sino a todo un trabajo de construcción histórica susceptible de ser modificada. Dicho de otra manera, y simplificándolo mucho también, tenemos una manera bipolar de ver el mundo que ha sido construida y que además tiende a ser naturalizada a través de la asignación arbitraria de un valor a cada cosa, actividad y acción. Esta asignación como decíamos antes es bipolar, es decir, puede ser femenina o masculina. De esta manera, la diferencia biológica sexual basada en la anatomía de los órganos sexuales es la excusa perfecta para asignar unos roles sociales diferenciados a unos y a otras, que se inscriben en lo objetivo y lo subjetivo, mientras que se pretenden justificar estas relaciones de dominación de los hombres sobre las mujeres como algo innato y por lo tanto no modificable. Debido a que no sólo los dominadores, sino también l@s dominad@s adquieren esa concepción del mundo (a través del «habitus» es decir, esquemas de obrar, pensar y sentir asociados a la posición social que hace que personas de un entorno social homogéneo tiendan a compartir estilos de vida parecidos), es fácil deducir que existe una secreta colaboración (inconsciente androcéntrico) entre unos y otr@s para perpetuar un sistema, una estructuras y un orden (patriarcado).

Pero reconocer que l@s dominad@s tienen un papel activo en su dominación no implica atribuirles una responsabilidad sobre su propia opresión. Es importante señalar que existen estructuras que constriñen y limitan nuestras formas de pensar y actuar, por lo que el cambio no vendrá únicamente de un esfuerzo consciente y voluntario de abolir conductas, sino que habrá que atacar esos mecanismos, esas estructuras que «fuerzan» a una persona a actuar de determinada manera. Para ello es fundamental entender como dichas estructuras funcionan y se perpetúan a través del intercambio de los «bienes simbólicos«, es decir, los ritos, el matrimonio, los mitos, las relaciones de parentesco…, y de los «bienes materiales» donde se expresa la división de los sexos y la atribución de un mayor poder en unos (los varones) sobre l@s otr@s (los no varones). De hecho, sólo hace falta que hagáis la prueba comportándoos de una manera que «no corresponde» a vuestro sexo y veréis como rápidamente se desencadenan mecanismos de sanción que tratarán de limitar el ejercicio de vuestra libertad, es decir, que si un hombre no se comporta como tal será apercibido, lo mismo que una mujer si se sale de su papel femenino.

Otro de los ejes de trabajo fundamentales que subraya el autor es el de la «reconstrucción de la historia del trabajo histórico de deshistorización«. Esto que parece un simple juego de palabras carente de toda intención, esconde un secreto deseo de desenmascarar todas aquellas permanencias que, pese a los cambios que se han dado en las diferentes épocas, persisten  tomando como referente la forma de reproducción del orden de dominación de manera más o menos sutiles.

Llevamos, no obstante, unos pocos siglos de cuestionamiento por parte del movimiento feminista, que ha luchado y obtenido grandes logros, no con pocos esfuerzos. Sin embargo, logros como el acceso de la mujer a la educación, al voto, al mercado laboral…han sido repensados desde la lógica del sistema capitalista-patriarcal, de manera que las mismas mujeres que ejercen hoy en día una mayor libertad que antaño siguen arrastrando pesados fardos como la feminización de la pobreza, la doble o triple jornada de trabajo, o la renuncia a parte de su feminidad para poder triunfar y ascender por encima de eso que llamamos techo de cristal.

En lo que respecta a los hombres, han sido más bien tímidos, aunque van cogiendo fuerza, los intentos por cuestionarse sus privilegios, por aprender a ejercer una masculinidad otra, menos opresiva y devastadora para el resto de personas.

A modo de conclusión, diré que Bourdieu propone una «superación de los dualismos«, que no desprecie lo «otro», lo «diferente», para poder trascender una estructura de dominación que limita mucho nuestra capacidad de juego y de desarrollo.

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